AGRAVIOS COMPARATIVOS

| nº 181 | octubre 2019
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Me permito dar un amable tirón de orejas a las guías Michelín y Repsol.

Recientemente, tras una feliz incursión gastronómica en la capital navarra y bajo el significativo epígrafe, “Para divertir la boca” decíamos entre otras cosas: “Es sobradamente conocido que la práctica de ofrecer a los comensales unos pequeños aperitivos, estilo canapés o picas del tamaño de un bocado, le llaman los franceses, siempre tan expresivos, amuse bouche, o sea, algo para divertir la boca. Cosa que sucede de forma incesante, casi apabullante en el sentido más placentero con las propuestas culinarias del restaurante Ábaco de Iruña, las que en su inmensa mayoría (no sólo las entradas) son un auténtico recital del novedoso estilo imperante del finger food, (comer con los dedos) tan identificado con la comida callejera en el mundo pero, en este caso, trasmutada en alta cocina contemporánea chocante y divertida”. El actual restaurante Ábaco que cumplirá el próximo 25 de noviembre tres años de vida, es un establecimiento (que ocupa el mismo espacio reformado del mítico Hartza), con un meritorio y reciente pasado, magnifico presente, así como un brillante futuro. Por una parte el pasado, con su anterior  e inicial ubicación en la cercana localidad de Huarte, (dentro del Museo de Arte Contemporáneo de Navarra). Población dormitorio del extrarradio de Iruña, donde triunfó muy meritoriamente teniendo en cuenta su ubicación, con una cocina sorprendente, atrevida al límite de la osadía, decididamente moderna y arriesgada firmada por el chef pamplonés Jesús Iñigo Luri, con la inestimable ayuda entonces en sala de su hermano Luis y siempre de su mujer, la pasaitarra Nerea Sistiaga (que sigue ahora a pie de fogón en la partida de postres). Esta etapa entre junio de 2008 y agosto de 2016, supusieron ocho fructíferos años que sirvieron, no sólo para consolidar la cocina de Jesús, sino para que Ábaco  estuviera en la cresta de la ola, sobre todo por su simpar picoteo, ganando en varias ocasiones el Campeonato de Pintxos de Navarra, con virguerías como: “El corte de morros” o la “Sardina de roca”, quedando incluso campeones de Euskal Herria con un pintxo ya emblemático y del que siempre volvemos a ser reincidentes, catándolo con deleite: “La esponja de anchoas”. El currículo del chef y de Nerea, tantas veces comentado aquí, es de enmarcar. Conociéndose precisamente la pareja en un stage, nada menos que en el Arzak donostiarra. Pero para entender las actuales virguerías que elaboran, en que se fusiona lo típicamente navarro y vasco conservando sus esencias  con lo que se cuece en la gastronomía mundial, es preciso comprender como Jesús, además de haber trabajado en  restaurantes  punteros, es un empedernido y curioso viajero que ha  visitado lugares como México, Chile, diversos países de Asia... frecuentando sus vivos mercados, probando sus restaurantes más recónditos, y zambulléndose en la comida callejera, aportando, eso si, su personalidad.  Y ahí está el brillante resultado actual de un festín apasionante y apasionado con el que recientemente disfrutamos de lo lindo. Pero, por meros temas de maquetación y espacio, la parte más incisiva de la crónica no vio la luz. Decía así: “Me permito, desde mi modesto criterio, dar un amable tirón de orejas a dos de las guías más prestigiosas: Michelin y Repsol. En la primera figura tan sólo Ábaco con la consideración de Bib Gourmand, teniendo en cuenta su excelente cocina e impecable servicio  propios de, al menos, una estrella. En cuanto a la guía española no es menos rácana otorgando un Sol, (con ausencia de visitas, al parecer) que se antoja insuficiente. Por no hablar de otra muy pretenciosa (de cuyo nombre no quiero acordarme) que otorga sin ton ni son sus discutidos galardones (flores del sol en euskara), que, como en este caso, suponen constantes agravios comparativos”. Dicho queda.

 

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