Viernes, 21 Enero 2022

AMOR A PRIMERA VISTA

 Hay sitios bellísimos, de puro diseño, con entornos de ensueño y prestaciones de lujo asiático, en los que se come de verdadero asco.

Hace ya un montón de años que reflexionábamos sobre la belleza de los restaurantes y si esta cualidad correspondía indefectiblemente con la bondad de su cocina, cuando señalábamos al respecto: “Hay un dicho taurino, muy oído tras soportar corridas decepcionantes, que dice: ´Cuando hay toros no hay toreros, cuando hay toreros no hay toros´. Esta sentencia ilustra perfectamente un asunto poco tratado en las crónicas gastronómicas. Se trata de la adecuación del espacio arquitectónico, de la decoración y confort de los restaurantes con la culinaria que ofrecen. Por lo general, la primera parte del binomio sale muy desfavorecida: la calidad de las cocinas de restaurantes, cafeterías o bares, tanto en lo referente a las excelentes materias primas como a sus ajustadas elaboraciones, están por encima de sus instalaciones. Por contra, hay sitios bellísimos, de puro diseño, con entornos de ensueño y prestaciones de lujo asiático, en los que se come de verdadero asco, lo que sucede sobre todo en las grandes ciudades, en locales de moda que se desvanecen como la espuma tras su efervescencia inicial. En el entorno del País Vasco sucede generalmente lo contrario, se come de cine -con distintos estilos, por supuesto-, pero el local donde se ubica el restaurante o es una auténtica cuadra, o esta aliñado con un gusto espartano con toques de rusticismo de pega o, lo que es casi peor, posee una decoración profundamente hortera”.Esto último ha cambiado bastante en nuestro entorno. Pero, no es menos cierto que han proliferado como setas locales de diseños bellos, muy modernitos y luminosos pero tremendamente aburridos por repetitivos o clónicos. A veces, como su propia cocina de pura fotocopia.
Por supuesto, hay que destacar los restaurantes más bonitos (teniendo en cuenta que el concepto de la belleza es altamente subjetivo) y donde se coma al menos bien. Esta somera relación bien puede comenzar por un tipo de restaurantes asentados en bellos caseríos con bucólicos entornos y decorados con un rusticismo elegante y a veces sorprendente: el Zuberoa Oiarzuarra, que ocupa el caserío Garbuno, el más antiguo del valle y con una terraza veraniega que vale casi tanto (exagerando un poco) como su cocina; O el restaurante Belaustegi, del alto de San Miguel ( Elgoibar) inaugurado por el reconocido chef Josu Muguerza, como restaurante en 1999, pero cuya edificación data del siglo XVI, y que fue su casa natal. Se pueden dar más ejemplos, pero vale la pena detenerse en algo que en estos lares no abunda. Se trata de espacios de desbordante modernidad, de diseños funcionales con espacios ordenados en virtud de las propuestas del restaurador y las expectativas de unos comensales deseosos de innovación en todos los campos. Son locales de moda, pero con fundamento total en su cocina como el archiconsagrado Mugaritz en Rentería que fue vanguardia también de esta corriente decorativa luminosa, calculadamente fría, mimimalista y de un naturalismo casi salvaje a la vez. Modernidad sobria y total belleza paisajística que ha tenido siempre Akelarre aunque sin duda lo más sobresaliente de esa casa suele estar siempre en  el plato. Hay otros restaurantes que no sólo enamoran, sino que son un nido romántico o la puntilla sicológica definitiva para, sin pecar de cursi, ser asaeteados por Cupido. Se trata del restaurante Sebastián, sito en un edificio del siglo XVI en la también bellísima Hondarribia, en concreto la calle Mayor de su monumental Casco Histórico. La entrada ha respetado fielmente los escaparates a los que estaba dedicado el local en el pasado, un vetusto y encantador colmado del siglo XIX. Dentro, vigas señeras, muebles de estilo, porcelanas delicadas y cuadros clásicos y modernos. En un ambiente íntimo y decoración envolvente, con luces cálidas y tenues. Destacan sus impresionantes frescos murales del grandioso artista irunés Gaspar Montes Iturrioz ( fue su obra postrera) de cuando se inauguró como restaurante por el cocinero jienense, Sebastián Arance allá por el año 1986.Precisamente su actual propietario y chef, Miguel Soto se formó con aquel, siendo un chaval,  hasta llegar a asumir plenamente el negocio hace ahora una docena de años, y donde ofrece una cocina distinguida, con una elegancia acorde con el marco, esencialmente clásica pero con aires prudentemente renovadores.

 

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