Lunes, 12 Abril 2021

UN TXAKOLI DE ALTURA

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Muy a menudo nos fijamos más en lo que viene de fuera que en lo que tenemos en casa. Pienso que debemos prestar más atención a los vinos locales y valorarlos tal como se merecen

Hace ya unas semanas visité uno de los viñedos más bonitos que tenemos en Gipuzkoa. Había probado el vino del que os hablaré a continuación hacía unas pocas semanas y me llevé una muy grata sorpresa. Todo lo que entendemos por un buen txakoli gipuzkoano, se expresaba de manera perfecta tras la etiqueta de 2017. Muy aromático, ligero pero intenso al mismo tiempo, con su refrescante carbónico natural y una magnífica acidez que invitaba a seguir bebiendo. El tipo de txakoli que recomendaría a cualquiera que quisiera conocer la singularidad de estos vinos. El 2016 me gustó más aún. Vibrante, tenso y afilado como un cuchillo, con muchos años aún de vida por delante. Sentí la necesidad de conocer el viñedo.

Cogí una mañana la moto en dirección a Tolosa. Desde allí accedí a la carretera que lleva hasta Albiztur, localidad siempre recordada por muchos de nosotros con una sonrisa, gracias a esas alubiadas generosamente acompañadas de todos sus “sacramentos” y sobremesas interminables. Recuerdo la última vez que vine por aquí, con motivo de la visita al precioso caserío de Peio Urdapilleta en Bidania, una de las personas que más han aportado a la recuperación de la raza euskaltxerri, a partir de los cuales elabora excelentes jamones y embutidos. 

Llegando a Beizama, podía verse al fondo, en una preciosa ladera orientada hacia el sur, el viñedo de Urkizahar, una de las últimas bodegas en acogerse a la D.O. Getariako Txakolina y una de las pocas que elaboran en ecológico. Allí el paisaje es maravilloso, dos hectáreas y media de Ondarrabi Zuri sobre el embalse de Ibai-Eder, rodeado por bosques y montañas, con un precioso caserío dominando en lo alto de la loma. Pero aquí lo mejor de todo es la pasión y el entusiasmo que derrocha Luisja Oregi por su trabajo de viticultor. Se define a sí mismo como un auténtico casero, una persona que vive del trabajo y el esfuerzo en el caserío -se le iluminan los ojos cuando habla orgulloso de todo esto- con una atención especial al cultivo de su precioso viñedo. Habla con emoción de la Ondarrabi Zuri, sabe que con ella se pueden elaborar grandes vinos, opinión que comparto en su totalidad. Me contaba que cada día comprendía mejor su viñedo y era capaz de interpretar mucho mejor lo que en él sucedía, sentía que formaba parte de él. Luisja pone todos los ingredientes emocionales para que su sueño de hacer esos grandes vinos se convierta en realidad: empeño, ilusión, amor por la tierra, riesgo, fe y seguridad en sí mismo. 

A todos los que disfrutáis con el vino os animo a probar una de sus botellas. Muy a menudo nos fijamos más, como en muchos otros órdenes de la vida, en lo que viene de fuera que en lo que tenemos en casa. Pienso que debemos prestar más atención a los vinos locales y valorarlos tal y como merecen. Como dato curioso y que muchos no conoceréis es que, en Nueva York, el txakoli goza de muy buena prensa y se vende en bares y restaurantes al menos a catorce dólares...¡la copa!

 

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